He decidido que, a partir de ahora, voy a vivir como si nadie me hubiera hecho daño. Será difícil, pero quiero intentarlo: todo consiste en levantarme cada mañana y contemplar el mundo como si lo viera por primera vez.
Y al rato desayunar descalzo, saludar a los vecinos, leer el periódico como quien hojea un libro ilustrado. Y salir a la calle con la alegre convicción de que todo está aún por escribir. La de la frutería, la pareja de mormones, el agente de transito que, en su celo, comprueba dos veces cada ticket de aparcamiento antes de irse a tomar café. Porque es que ya no existe el miedo. Ni la duda. Todos ellos albergan un tesoro raro y precioso, una esperanza incierta, una enseñanza que depositar suavemente entre mis manos.
Y así seguiré caminando, ligero y ocioso, con la firme convicción de dejarme llevar por todo lo que me salga al paso, de saborear con ganas ese caramelo que me regala un desconocido, de ignorar sistemáticamente las señales de tráfico.
Así, así es como quiero vivir a partir de ahora: como un niño de pelo revuelto y ojos transparentes al que nunca nadie hubiera hecho daño.
Y bueno: tan sólo quiero pedirte perdón por todo el que te voy a hacer a ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario