martes, 9 de agosto de 2016
Tenemos la posibilidad de acurrucarnos. En la almohada, en el orgullo, en el colchón inflable, en la desesperanza. Acurrucarse —reconozcámoslo— tiene sus ventajas: descansás los músculos, para evitarte explicaciones alegás una fuerte migraña y, si te aburrís, te hacés una paja. Tenemos los antidepresivos, pero los efectos del tratamiento no son perceptibles hasta al menos cuatro semanas. Tenemos la cocaína, dulce y fugaz como un suspiro, si bien tiene el inconveniente de que te pones tan intenso que tus broderes no te aguantan. Tenemos la autoindulgencia, traumas irresolubles, explicaciones perfectamente lógicas de cada una de nuestras derrotas. Tenemos un psicólogo buenísimo que además se tira el rollo y deja pagar a plazos. Y sobre todo, el valor de entender, de una vez por todas, que ya es hora de renunciar a algunos sueños. O la sabiduría de concluir: no merece la pena confiar en nadie salvo en uno mismo. Tenemos la opción de dar mil vueltas sobre la misma jodida cosa, perdernos en infinitos rodeos y ni siquiera llegar a acariciar lo que en realidad amamos; apuntarnos a otro posgrado, cultivar el cinismo, hablar con ella sin mirarla a los ojos, cambiarnos de acera, evitar los espejos, escribirlo todo en un precioso diario con candado. Tenemos tanto miedo. Y eso es todo. Supongo.
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