En realidad es sencillo: el tiempo lo destruye todo. De forma indiferente e implacable. Sin distinciones. Sin apenas darte cuenta. La primera comunión. La primera decepción. El primer instante de manos inexpertas y muslos pubescentes bajo las luces temblorosas de un faro de la calle de tu barrio. El romance fallido. La dieta fallida. El asesinato fallido. La esperanza que, caprichosa, se coló ayer por la ventana y pellizcó tu corazón. El autobus que partió al mediodía. Los sueños rotos de la infancia. La alegría, el despecho, la nostalgia, la inocencia, el dinero que te fumaste. El profundo agujero negro en el que caerás mañana. Los días, las semanas, los meses que pasarán hasta que alguien consiga rescatarte. La agónica carencia de oxígeno, la insoportable quietud que te empuja una y otra vez a estrellarte los sesos contra la pared. Voces de alarma, sirenas de ambulancias, chalecos reflectantes. Las mentiras que dijiste. El perdón que nunca supiste pedir. La gripe.
En serio, el tiempo lo jode todo.
El tiempo es un hermoso aliado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario