miércoles, 18 de septiembre de 2013

Resulta inquietante, pero la mayoría de las situaciones tristes de la vida me producen indiferencia y tan sólo soy capaz de llorar con las películas.

Hace tiempo, leí que lo que nos hace llorar de las películas es contemplar cómo sus protagonistas han de soportar todo tipo de desdichas que sobrepasan con mucho su capacidad de sufrimiento. Y el modo en que, casi vencidos -cercados por el fuego enemigo, desesperados por una carta de amor que nunca llega- se ponen en pie y deciden sacrificarse en aras de algo que va mucho más allá de sí mismos.

No como nosotros, que somos unos mierdas.

En realidad, creo que eso es lo que verdaderamente nos hace llorar de las películas: lo poco que se parecen a la vida.

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