No sé si les pasa que a veces sentís el extraño pero irrefrenable impulso de salir a la calle y gritar tan alto como sea posible. Pero no me refiero a chillar como en una protesta, sino a un grito primario, esencial; un grito que brote desde lo más profundo de tu ser y rompa tu garganta en mil pedazos.
Y que se eleve, que se eleve por encima de los árboles, los coches y los centros comerciales. Que atraviese como un puto rayo las capas de la atmósfera y se pierda en el espacio, volviéndose más vacío y animal a su paso por cada planeta, por cada estrella temblorosa -de eso les hablo: de un grito que haga estremecer a las estrellas- y continúe su camino, indolente y ensordecedor, hasta quizás -Joder: esto sería tan hermoso- clavarse en la mismísima vagina de la Vía Láctea, una y otra vez, sin sentido ni piedad, de modo que tu grito y los chillidos de esa zorra se entrelacen e implosionen, finalmente, en un atronador orgasmo cósmico.
Pero entonces suena el móvil y alguien te indica que, si quieres cenar en casa, o si vas a pedir comida a domicilio.
Y nada: ahí te quedas, debatiéndote entre tu furiosa necesidad de afirmarte como individuo irrepetible en el mundo y poner la carne a descongelar.
En fin, gracias a todos.
Ha estado bien hablar de ello.
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