miércoles, 9 de octubre de 2013

Llámenme narcisista, llámenme idealista, pero a veces fantaseo con que la Ciencia, en un sin par descubrimiento, concluya que yo, el que escribe estas líneas, soy un ser único e irrepetible.

No sé, algo así como un elegido, alguien tocado por los mismísimos Dioses, la quintaesencia de la creación, el mejor de todos los hombres.

Y que el día en que me muera, con el fin de descubrir el secreto de tan extraordinaria y sublime virtud, decidan destriparme.

Empezarían por la piel, supongo. Introducirían el bisturí con sumo cuidado y destreza, delimitando todas y cada una de las zonas de mi cuerpo. Tirarían entonces de mi epidermis con unas fuertes tenazas (no sé si este instrumento forma parte del protocolo clínico habitual, pero en fin: yo quiero que sea con tenazas) y me despellejarían lentamente, comenzando por mis piernas, mi espalda, mi torso y mis brazos; y continuando por mi cara, que sería depositada sobre un aséptico recipiente de metacrilato.

Después, mis músculos. Uno a uno. Cortarían los ligamentos que los unen a mis huesos y los irían colocando en una serie de receptáculos de plástico. Aquí los bíceps, ahí el diafragma. Y quizá, en unas pequeñas cajitas transparentes, los que posibilitan que pueda cerrar los ojos o sonreír.

En fin: todo lo delicado.

Y puedo sentir la expectación, la increíble excitación que flota en la estancia a medida que los científicos van acercándose al secreto de mi perfección.

Ha de estar ahí, en alguna parte.

Empiezan a extraer entonces cada uno de mis órganos: mis pulmones, mis intestinos, mi corazón. Los miden, los pesan, los analizan. Mandan pequeñas muestras a laboratorios de Sidney y Pekín. Y continúan con la disección hasta llegar finalmente a mi cerebro, que toman sobre sus manos con una mezcla de emoción y solemnidad, como se si se tratase de una reliquia sagrada, un raro tesoro.

Y bueno, ahí me tienen, frente a sus ojos.

Todo lo que soy, todos y cada uno de los tejidos que forman mi cuerpo. Desnudado con precisión analítica, despojado de todo lo que alguna vez me confundió con el resto de seres humanos.

Sí, eso es lo que quiero: que me destripen a mí, al más elevado entre todos los hombres; que me observen detenidamente, que me estudien durante largos años con objeto de hallar el secreto de todo lo bello, todo lo bueno que había en mí.

Y que al final, no encuentren nada.




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