miércoles, 23 de octubre de 2013

Bien, hoy les voy a contar la historia de la chica que lloraba.

Y es que joder: lloraba todo el tiempo. 

Cuando nos conocimos por uno de esos extraños azares en un karaoke de Huertas y me contó la triste historia de una madre hiperprotectora que truncó su carrera como bailarina, se echó a llorar. Cuando quise consolarla explicándole que, en realidad, nuestra vida es una sucesión de acontecimientos sin mucho sentido ni coherencia entre sí, también se echó a llorar.

Aún recuerdo que, cuando nos acercamos a la barra a pedir un par de cervezas, la pobre continuaba gimoteando.

Yo le dije:

-Pero bueno, ¿es que no piensas dejar de llorar?

Me miró fijamente a los ojos, como si mis palabras hubieran atravesado, aunque fuera por un instante, su calabozo de pena y hubiesen activado un secreto resorte.

Y nada, se echó a llorar aún más fuerte.

Con todo, la chica que lloraba nunca me cayó mal. Tenía unos bonitos ojos azules, un fondo cordial y sincero; y un sorprendente gusto para combinar las sandalias, el vestido de verano y sus lagrimas.

Salimos a la pista a bailar, ya medio tajados. Tenía una curiosa manera de moverse al ritmo de la música y las luces, cerrando los ojos y bamboleándose lentamente de un lado al otro. Observé de nuevo el vestido, que caía graciosamente hasta sus rodillas y le daba un aire como de fiesta de graduación de instituto americano. Arrastraba los pies muy lentamente y en diminutos círculos que encontraban su epicentro en un pequeño tacón negro.

Se me puso vagamente tiesa.

Pero entonces se acercó a mí con los ojos muy abiertos:

-Escucha -dijo-, el hecho de que estemos bailando juntos no significa que al final nos vayamos a acostar, ¿vale?

A mí me entró un repentino ataque de orgullo y le tomé las manos:

-¿Sabes, querida? -le espeté con mi sonrisa más amable-. Yo estaba a punto de decirte exactamente lo mismo.

La chica que lloraba torció de pronto el gesto:

-¿Decirme qué?
-Pues eso, que esto no significa que al final vayamos a acostarnos juntos -contesté.

Entonces sus grandes ojos se abrieron aún más, fragmentándose en una mirada de reflejos cristalinos, al estilo de los dibujos animados japoneses.

Y bueno: se echó a llorar otra vez.

Como la cosa comenzaba a transcurrir por derroteros bastante alejados ya de toda lógica y razón, le dije que, quizá, estaría bien que nos fuéramos de aquel sitio y diéramos un paseo.

-Ya verás, un poco de aire fresco te sentará bien.

Creo que eso la serenó. Caminamos lentamente bajo la luna de verano y hablamos de esto y aquello, deteniéndonos de vez en cuando en los escaparates a oscuras, riéndonos a ratos -era hermoso verla reír- y fantaseando con la posibilidad de que, quizás, algún día, podríamos repetir ese mismo paseo comiéndonos un helado.

Como cosa curiosa, les contaré que, en una de esas calles cerca de mi apartamento, un negro nos ofreció cocaína. Ella lo observó durante un momento con gesto lacónico y -cómo no- acabó llorando desconsoladamente.

El tipo de marchó de allí indignadísimo:

-Oiga, señorita -dijo-, tampoco creo yo que sea para ponerse así.

Yo la abracé y le dije: vamos, vamos.

Y al tercer semáforo, nos besamos. No fue un beso cinematográfico, desaforado, memorable. Pero sí un beso bonito, entrañable, como si nos encontráramos dentro de una incipiente burbuja que nos envolvía lentamente y nos protegía un poco del mundo, tan hostil a veces.

-¿Sabes lo que realmente me da pena? -dijo-. Que nunca sé lo que quieren los demás de mí. Que nunca sé cómo debo actuar para no hacer daño a los demás. Y al final, todo el mundo se va. ¿A ti no te da pena eso? -dijo mientras entrelazaba suavemente sus dedos en los míos-. ¿No te da pena que todo el mundo se vaya?

Por un segundo, estuve a punto de contestar. Pero acabé sugiriéndole que, tal vez, ya era demasiado tarde y debíamos coger un taxi. Compartimos uno y, antes de bajarme, nos volvimos a besar.

-Te llamaré -dijo ella.
-Hazlo -dije yo, despidiéndome con la mano.

Por aquella época, yo vivía en un departamento de estudiantes cerca de mi universidad. Metí la llave en la cerradura y corrí a encerrarme en mi habitación. Aterricé en la cama y entonces me dio por pensar en lo que acababa de decir la chica que lloraba: el modo en que la gente siempre acaba marchándose en un loco juego del escondite global que siempre nos deja con los pies empapados y el estómago hecho trizas.

De pronto, el teléfono sonó: era ella, la chica que lloraba.

Pero no le contesté: dejé sonar el timbre hasta que, al cabo del rato, pude acurrucarme de nuevo en el silencio.

Imagino que, con el fin de darle cierta estructura emocional a esta historia, podría decir que no cogí el teléfono porque, cuando me llamó la chica que lloraba, yo tampoco pude evitar echarme a llorar.

Pero no fue así: lo cierto es que me sentí vacío, impasible, como si mis tripas y mis sentimientos llevaran largo tiempo en el congelador, perfectamente conservados en un ambiente aséptico, indoloro: a salvo de todos los demás.

Y bueno, supongo que eso no es llorar.

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