Poco se habla de que, si uno se lo propone, es capaz de abstraerse y contemplar el mundo como una tupida red de dependencias emocionales, un juego del escondite global, una sucesión infinita de ausencias.
Y de cómo, si uno vuela lo suficientemente alto, puede observar al fin la panorámica completa: el que no cogió el teléfono porque temía escuchar su propia voz, el que mintió porque no sabía quién era, el que se marchó porque recibió más amor del que creía merecer.
No sé, nuestro tiempo es escaso. Y supongo que, en definitiva, no somos más que reacciones químicas que se agitan desesperadamente, siempre a la busca de algo que no sabemos qué es pero que intuímos, casi vislumbramos cuando parece que lo tenemos por fin sobre la palma de la mano y se nos acaba deslizando entre los dedos.
Pero seguimos buscando, escudriñando los escaparates y las librerías, contemplando cada amanecer con inquebrantable voluntad científica. Y también mirándonos de reojo en el autobús, invitándonos a café y atándonos a la cama para acabar, el domingo por la tarde, resumiendo el asunto en nuestro cuaderno de notas con un lacónico: vaya, pues esto tampoco era.
En serio, poco se habla de que, si uno mira a suficiente distancia, la única certeza es nuestra propia soledad.
Y de lo tragicómico que resulta, a veces, comprenderlo todo.

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