Se colocará frente a ti y dirá algo.
Por ejemplo: galleta.
O bien: dragón de colores.
Y tú te sentirás, al principio, bastante confundido: no es sencillo penetrar en la extraordinaria capacidad de síntesis de un niño de dos o cuatro años.
Entonces le preguntarás: ¿quieres jugar con el dragón?
O quizás: ¿quieres otra galleta?
Pero su ceño fruncido te revelará, al instante, que no era eso lo que quería decir, que debes esforzarte más, que quizás deberías recordar aquel tiempo en que una sola palabra era un mundo y en el que, por algún hermoso sortilegio, el mundo entero podía caber en una sola palabra.
Y te rascarás la cabeza. Y mirarás a tu alrededor. Y te sentirás torpe en tu eficacia, incapaz en tu pericia, insuficiente a pesar de tu dilatada trayectoria vital plasmada en un curriculum a doble espacio.
Pero bueno, pensarás: bah, jodete mocoso.
Y le harás un arrumaco en la cabeza, justo antes de encaminarte a la cocina en busca de una cervecilla.
Allí encontrarás al dragón de colores: sentado en lo alto de la lavadora junto a unos pedacitos mordisqueados de galleta.
Y te volverás corriendo para preguntarle: oh, ¿acaso el dragón se comió tu galleta?
Te sonreirá y seguirá a lo suyo.
La putada es que nunca lo sabrás.
Pero te invadirá, al poco rato, una sensación extraña, profunda, epidérmica, casi mágica; como si de algún modo cualquier cosa siguiera siendo posible y esa diminuta cría de homínido guardara, en su perfecta inocencia, el verdadero significado de todas las palabras del mundo.
En serio: ojalá algún día tengan la oportunidad de enseñar a hablar a un niño.
Ojalá algún niño les ayude a ustedes a recordar.
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