viernes, 5 de abril de 2013

Y bueno, respecto a la tristeza, lo primero que hay que decir es que es una auténtica zorra hija de la gran puta.

Pero también es cierto que, en fin, uno acaba ponderando la situación y quitándole hierro a ese asunto de estar triste. Será cosa de los neurotransmisores, piensas. Y te hinchas a comer plátanos. O bien: sólo es otro ciclo, el eterno retorno de lo mismo, la traicionera dualidad humana, esa amapola negra que guardas en tu interior y nunca termina de marchitarse; el Ello, el Yo, el Superyó: historias profundas y complejas.

Y nada: te vas a la nevera y también coges un plátano.

Más tarde, vuelves a recapacitar sobre tu tristeza y caes en la cuenta de que, caray, al fin y al cabo es tu tristeza, sólo tuya, completamente distinta a la de todos los demás.

Y hay que reconocer que ese pensamiento siempre le sienta bien al ego: es un must de la supervivencia emocional.

Así que, poco a poco, te animas a conocer un poco mejor tu tristeza: sus pequeñas idiosincrasias, sus idas y venidas, el detalle completo de sus horarios de trabajo y descanso, la ropa que le sienta bien y la que le queda rematadamente mal, sus gestos, su particular forma de hablar, la droga que más le enrolla, sus grupos musicales, sus escritores de referencia, su color preferido, que es -digamos- el malva.

Y el día menos pensado, quizá sentado en el sofá mientras ves el Telediario, decides dar el paso definitivo: te deslizas suavemente hacia tu pena, la miras con gesto conciliador y, bueno: acabas dando la mano mientras el presentador inicia el repaso de los estrenos cinematográficos.

En definitiva: es posible cogerle cariño a la tristeza.

Y ésa es la movida.

Por eso es tan jodidamente puta la tristeza.

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