El odio es aburrido. Muy aburrido.
Y vale, lo admito: es necesario realizar un esfuerzo ímprobo para leer la prensa cada día sin dejarse llevar por el odio hacia esta auténtica panda de hijos de puta.
Pero no sé: yo creo que, cuando te entregas al resentimiento y la hostilidad, sencillamente has perdido. Tu discurso se vuelve plano. Tan sólo piensas en encontrar un resquicio en el del enemigo a través del que atacarle. Sientes la necesidad de autoafirmarte constantemente. Entras en su juego. Comienzan entonces las dudas: las disipas con más y más odio.
Resultado: te destrozas el cerebro.
Y encima te aburres mogollón.
Yo abogo, más bien, por tomar distancia, sacudirse el rencor, dar un largo paseo, observar la fotografía al completo y buscar esa tierra de nadie, ese punto a medio camino entre la rebeldía y el sarcasmo alegre y despreocupado.
Mantenerse ahí.
Y drogarse bastante, la verdad.
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