Es posible que haya llegado el momento de cuestionarlo absolutamente todo. Tanta certeza es un incordio, un aburrimiento, un lastre. Además, la estrategia de cuestionar solamente a los demás se está revelando como un auténtico fiasco. Y es que establece uno la dialéctica precisa para diferenciar a los culpables de los inocentes y la cosa siempre acaba en un tedioso partido de tenis moral que, vale, sirve para vender periódicos, pero nadie puede negar que es un coñazo insufrible. Más que los de verdad, me atrevería a decir.
Así que empecemos, si les parece, por cuestionar lo incuestionable, por cruzar las líneas rojas, por hacernos merecedores de un magnífico linchamiento público. ¿La democracia? Una puta mierda. ¿La libertad, los derechos, la proyección personal como individuo en un contexto de tolerancia social? Que les follen. Fuera, no queremos saber nada de ellos, que se jodan. ¡Aire! Y saquemos una goma gigante de borrar. Y esforcémonos por dejar el lienzo como una patena, limpio de todo, incluso de lo que, vaya, tampoco nos quedó tan mal. Sin piedad, sin remordimientos, sin culpables: sólo por el mero y primario placer de destruirlo todo para comenzar de nuevo.
Vamos bien. Ahora sigamos por el sexo, mismamente. Cómo mola follar, ¿eh? Se siente uno tan bien: a veces incluso parece que pudiera elevarse a base de deliciosos espasmos y tocar el cielo con la punta del último vello púbico. Pues yo digo: asesinemos al sexo, sepultémoslo bajo una tonelada de tierra y, si acaso, dediquémosle un bonito funeral, una sentida elegía. Y luego extendamos los cantos funerarios -los podemos subcontratar para ahorrar costes- al amor, a los sentimientos y a la misericordia.
Y ahora me viene a la cabeza el Papa. Pues joder, cantémosle un virtuoso requiem al Papa sobre un mullido coro de infinitos niños angelicales. Y luego le damos boleto a los niños, y a los profesores de esos niños, y a sus escuelas; dinamitémoslas, directamente y sin pensarlo dos veces, junto con la Universidad, los centros comerciales, las bellas artes, el pescado fresco, la carne roja, el culturismo y toda manifestación humana acabada en ismo: el cubismo, el dadaísmo, el fascismo, el liberalismo, el humanismo, el autismo, el heroísmo y el vulcanismo, por citar tan sólo algunos ejemplos.
En fin, que la consigna es sencilla: lo sabemos todo, así que nada vale ya. Y no es que la cosa funcione mal de todo: yo qué sé, siempre hay días en los que uno sale de casa, coge el autobús y un ligero escalofrío se apodera de su coronilla en signo inequívoco de que el mundo no es un lugar tan horrible. Incluso es bello y entrañable -dependiendo en gran manera del ejemplar de ser humano que te toque en suerte en el asiento de enfrente. A mí hoy me ha tocado una chica que, de triste, parecía guapa. Fíjate.
Pero es que no se trata de arreglar nada. No, no, no: se trata de dejar desnudo al rey, en pelota picada, hasta darnos cuenta de que nosotros también estamos desnudos y no nos habíamos dado cuenta hasta ahora. Y de observarnos frente al espejo -previamente a destruir todos los espejos- y empezar a hacer de nosotros mismos lo que queremos para el mundo. Pasito a pasito, beso a beso, idea tras idea.
Digámoslo de otro modo: una pequeña muerte a cámara lenta, rebobinando la cinta desde el principio. No hacen falta razones: ya hemos acabado con todas las razones. Como cuando éramos niños y, simplemente, le arreábamos un manotazo a la pila de cubiletes para ponerla en pie de nuevo. ¿Se acuerdan de eso?
Entonces sólo podíamos ir a mejor.
El último que apague la luz, por favor.

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