viernes, 5 de abril de 2013

Toda la puta vida buscando gente sin nada que perder. En la salida del colegio, en los afters, en los parques públicos, que ya florecen tras su largo letargo invernal. 

Pero no siempre es fácil. 

Ciertamente, hay algunos signos que suelen ser definitorios: el andar cabizbajo, encorvado, como si portaran sobre sí una carga pesada y secreta, constituye un buen ejemplo. Pero hay que andarse con ojo: podría tratarse de una carga letal, una mina explosiva, un collar de cemento.

En cualquier caso, existen otros indicios que deberían ponernos sobre la pista: las manos inquietas, el pelo revuelto y ese modo de rasgar con decisión la carne y decir: toma.

Pero no nos engañemos: los consejos maternos y esos afilados mecanismos de defensa que levanta a nuestro alrededor la vida moderna lo dificultan todo.

Y es por ello que cada vez resulta más complicado encontrar gente sin nada que perder, honestamente expuesta a la influencia ajena, que se deje echar cosas en la bebida, que vaya por ahí con el alma en carne viva, alegremente despreocupada por su bienestar emocional y los avisos climatológicos.

Quizás es que todos hayamos perdido ya demasiado.

Pero queda el consuelo -supongo- de seguir merodeando por las calles, las avenidas, los museos y los baños públicos, a la espera de que, entre tanto álbum familiar, tanta carrera profesional, tanta imagen de éxito quizás quede alguien que ya no tenga nada.

Y que aun así, esté dispuesto a dártelo.

Aconsejo emprender la búsqueda algo cabizbajo.

Por si acaso.

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