Hoy quiero levantar bien alto el puño y gritar a los cielos: ¿cuándo, oh "Dios mío", me liberarás de estas infinitas ganas de follar? Porque esto es ya insufrible, desquiciante: un obsceno derroche de serotonina que siempre acaba por conducirme a la más terrible desesperación.Aunque bueno: a veces también a follar.
Pero en fin: ¿cuándo me aliviarás de esta losa, de esta enferma imaginación que me impide, por ejemplo, iniciar una interacción casual con la chica del estanco sin visualizarla, instantáneamente, a cuatro patas con una de esas bolas rojas en la boca? ¿Cuándo podré ir a comprarme unas bambas sin mirar de reojo la sección de bodas y bautizos sin fantasear con el roce de esos afilados tacones en la punta de mi polla? ¿Cuándo podré pasear tranquilamente por la calle sin elucubrar acerca del encaje que sin duda cubre las tetitas de todas y cada una de las señoritas del Barrio?
Erguidas, punzantes: casi como un eslogan.
Porque ésa es otra: ¿por qué hay tanta belleza en este mundo? Y adicionalmente: ¿por qué ese insaciable apetito por horadarla, herirla, ensuciarla, hacerla mía para confinarla en una vitrina y poder romper el cristal a voluntad? ¿Por qué me hiciste tan jodidamente pervertido en un mundo en el que debo mantener constantemente la compostura a riesgo de intervención inmediata de algún manicomio?
Tan sólo encuentro un consuelo: que mi enloquecido deseo, al menos, constituye un valor en sí mismo, un precioso tesoro, una irreemplazable y poderosa fuente de energía vital.
Y bueno: que al fin y al cabo todos estamos igual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario