viernes, 5 de abril de 2013

A veces me escribís contándome tus pequeños dramas urbanos, tus desencuentros bajo la lluvia, tus eternos dilemas frente a una taza de café que siempre se queda frío, el muy hijo puta.

Y te quedas esperando una respuesta.

Pero qué quieres que te diga: sólo soy un chico de barrio. Fui a con colegio concertado. Escribo con una manta de ganchillo sobre las piernas. Carezco por completo de formación especializada.

Y para qué engañarte: yo no tengo ninguna respuesta.

Pero sí te diré algo: esta mañana, cuando salía de casa, me dio por mirar al cielo y pude observar, de pronto, cómo una solitaria gotita de agua ni helada ni caliente caía en lentas espirales hasta posarse justo en la punta de mi nariz.

Sobresaltado, corrí hacia casa y me senté frente al ordenador para hacer una exhaustiva búsqueda bibliográfica. Y sí: existe un gran consenso entre los expertos a la hora de apuntar que, en ocasiones, los cuerpos fríos chocan irremediablemente contra los cuerpos calientes; que existen sustancias muy antiguas -más que el mundo- con predilección por los encuentros; y otras de idénticas características -en apariencia- que optan fieramente por la soledad.

Pero más allá de eso, sólo hay conjeturas. Quizá todo responda a un plan maestro -dicen los expertos-, a un orden racional, armonioso y listo para ser confinado en una cuadrícula de colores e ilustrar un libro de texto.

Pero hasta ahora, nada.

Y la verdad: me alegro un montón. Porque -te digo- carezco de formación especializada y la ausencia de respuestas es siempre una buena excusa para utilizar la imaginación.

Porque digo yo: ¿y si al final no hubiera absolutamente nada que explicar? ¿Y si resulta que no somos otra cosa que insignificantes reacciones químicas que vagan por el éter y, de vez en cuando, coinciden, se alejan, aflojan el paso, se olisquean un rato el culo, se repelen, se atraen, chisporrotean y colisionan para, finalmente, acabar estallando en mil pedazos?

Más allá de toda ciencia y moral. Sin motivos. Sin catarsis. Sin moraleja. Sin preguntas. Ni tampoco respuestas.

Vaya: eso sí que sería hermoso.

Imaginalo, imaginalo por un momento.

Me asomo ahora a la ventana y observo cómo una multitud de expertos se ha congregado ahí afuera, desesperados, enloquecidos, esperando a que el azar les proporcione la posibilidad de explicar que no hay azar posible.

En fin, te dejo.

Creo que voy a bajarles un chubasquero.


No hay comentarios:

Publicar un comentario