Algún día, que espero que no llegue nunca, las protestas se radicalizarán. La gente perderá el miedo, sencillamente porque será lo único que le quede por perder. Y habrá movidones inmensos en las calles, muy similares a los que han tenido lugar en Grecia -de los que, por cierto, una cantidad sorprendentemente grande de la población ni siquiera ha oído hablar. Los políticos saldrán en la tele y condenarán con contundencia estos sucesos. Se tomarán medidas. Habrá más violencia.
Y ese mismo día, puede que ocurra algo más. Un golpe mal dado, una pelota disparada al tumulto, una estampida de gente que trata de huir por un callejón demasiado estrecho. O quizá un policía –"un buen policía", dirá alguien después en la tele con gesto de gran pesar– siga el mismo camino que algunos de sus compañeros de Grecia y acabe rodando por el suelo, ardiendo. Y alguien se preguntará: ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué le pasa a la sociedad?
Entonces habrá que recordarle a muchos los cinco millones de parados, las decenas de miles de desahucios, los millones de dólares expoliados por políticos corruptos y, cómo no, la hostia que le pegó un antidisturbios a una ciudadana en la cara por decirle que defendiera sus derechos.
Los políticos están alimentando la esquizofrenia de un sistema que ya se cae a pedazos mientras se dedican a mendigar votos.
Ese día, que espero de corazón que nunca llegue, tiene todas las papeletas para llegar si las cosas siguen discurriendo por este camino. Y lo peor de todo es que alguien liquidará el asunto de un carpetazo afirmando que lo que sucede es que la sociedad está enferma. Muy enferma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario