miércoles, 3 de abril de 2013

No sé, quizá deberíamos replantearnos toda la problemática y comenzar a asistir a esta hecatombe con otra actitud: abstraernos por completo y contemplar la belleza de una civilización que se derrumba.

Porque es que eso es precisamente lo que sucede: el mundo tal y como lo conocíamos está dejando de existir. Lo formulan los filósofos, lo proclaman los poetas, se desprende de toda conversación casual frente a la barra del bar o en la cola de la panadería: la tierra se abre bajo nuestros pies y nadie adivina todavía la profundidad del abismo.

Pero no debería haber ningún sentimiento trágico en ello. Al fin y al cabo, no todo son malas noticias: seguirá habiendo amaneceres, bulevares y parques públicos; aviones que crucen el cielo y algún banquito alejado del estrépito urbano en el que sentarse y dejar pasar la tarde.

O eso espero.

Porque, en fin: yo no sé cómo será el mundo que está por venir. Ojalá que más hermoso, virtuoso y justo. Sí, eso sería genial y además confirmaría algo en lo que hemos creído siempre: que el ser humano tiende -con algún eventual y sonado tropiezo- a ir siempre a mejor.

Pero quién sabe: quizá eso tampoco sirva ya.

Abro el periódico y sólo veo señores y señoras muy mayores aferrados a un papelito con su discurso impreso, cuajado de grandes y esplendorosas palabras en las que ellos mismos hace mucho tiempo que dejaron de creer: son como niños malcriados peleándose por un juguete roto.

Y sí, también personas que no se doblegan, sino que se alzan con la frente bien alta y siguen en pie de lucha. Al menos, por su propia supervivencia, que ya es bastante.

Pero más allá de eso, ¿contra quién hay que luchar? ¿Cómo podemos distinguir ya lo bueno de lo malo en esta inmensa maraña de culpabilidades mutuas que hemos tejido hasta perder de vista el cabo del ovillo? Se alzan las manos, se escriben columnas incendiarias, se publican libros a razón de un nuevo mesías cada tres semanas. Y sin embargo, aquí seguimos: perdidos, enfrentados, desesperados, sedientos de respuestas.

Que no llegan.

Así que no sé: abogo por el humilde recurso de calarse el abrigo y sentarse a ver cómo termina todo. En un banco, por ejemplo, al estilo de los jubilados que observan, con gesto impasible y pitillo en mano, los progresos del martillo neumático. Eso sí, aconsejo elegir un banco bien orientado, al abrigo del viento y con espacio para al menos dos plazas: de algo habrá que charlar mientras tanto.

Porque ésa es otra: sabe cuánto tardará aún este mundo en petar definitivamente, en estallar de una puta vez en mil pedazos.

La incertidumbre: eso, eso es lo que nos está matando.

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