Sigo asombrándome de que el paramilitar noruego haya sido calificado como individuo "mentalmente sano". ¿De verdad no está loco? ¿Ni un mísero trastorno de personalidad, al menos? Joder. Eso significa que cualquiera de nosotros, los Normales, puede hacer cualquier día lo mismo. Que esta vez no hay monstruos, lunáticos ni voces en la noche: sólo alguien enfadado. Nah, al final dirán que está loco, ya veras.
Si se echa la vista atrás, es fácil comprobar cómo los actos más abominables que ha cometido el ser humano han sido siempre relegados al dominio de la locura. Adolf Hitler, por ejemplo, ha recibido tantos diagnósticos a lo largo del pasado siglo que darían para rellenar veinte compendios de Psiquiatría. El llamado “monstruo de Amstetten”, por su parte, acabó encerrado en un manicomio tras reconocerse culpable de los delitos de incesto, violación, secuestro, esclavitud y asesinato de algunos de los miembros de su propia familia. Y muchos de los teenagers norteamericanos que decidieron incluir la asignatura de Armas Automáticas II en su programa de estudios también acabaron pasando por la consulta del terapeuta.
Es fácil pensar que alguien increíblemente hijo de perra –o, al menos, lo suficiente para protagonizar este tipo de noticias- debe de estar necesariamente loco. Tampoco hay que pensar demasiado y, en cualquier caso, ya lo hacen los médicos. Además, no hay lugar para las preguntas incómodas: los porqués acaban diluyéndose en la azarosa mente de un enfermo que no distingue el bien del mal, desestructurada, caótica, inaprensible. ¿Cómo es posible tanta maldad? La sociedad entorna los ojos, menea la cabeza y encoje los hombros. Después, sigue felizmente con su vida puesto que, al fin y al cabo, la autoría del mal corresponde a un loco, alguien que no discurre como el común de los humanos.
¿Quién sabe? Pero lo importante, en estos casos, no es el porqué, sino el quién. Cuando decimos que alguien comete una atrocidad porque está loco también estamos afirmando, indirectamente, que nosotros, Los Normales, jamás podríamos hacer lo mismo. Se trata de un lavado de conciencia colectivo, un ejercicio de exorcismo social similar al que llevaban a cabo nuestros antepasados cuando achacaban sus bajas pasiones a la acción de un dios perverso y caprichoso. La única diferencia es que antes no tenían psiquiatras, sino sacerdotes con rastas y mirada perdida. Pero bueno, son parecidos. Y, al igual que nosotros, ellos utilizaron esta escaramuza intelectual para no enfrentarse a la Gran Pregunta: ¿llegado el caso, podría yo llegar a ser así de hijo de perra? Eso sí que da miedo. Mucho más que la locura.
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