A veces trato de imaginarme otra vida, acaso más plena, trascendente y cargada de sentido. Una vida, por ejemplo, que fuese el antes o el después de otra cosa.
Y la verdad, en este punto estoy abierto a múltiples sugerencias: quizás el último pedazo de tierra firme desde el que saltar por fin al cielo. O bien: un mundo nuevo al que llegar tras un larguísimo viaje, quién sabe desde dónde.
Pero en serio: cualquier cosa menos esto.
Porque verás: en mi vida imaginaria, al menos habría algo a lo que agarrarse. No sé: un pasamanos infinito, una filosofía duradera. O bueno, ya puestos, tiremos la casa por la ventana: una atalaya de ópalo y fuego que, incólume, nos marcara el camino a seguir en mitad de la nada.
Y ya nunca más seríamos meros conjuntos operativos de órganos, tejidos y movidas que deambulan, desesperados, en pos de anhelos como el éxito profesional, un dormitorio bien conjuntado o la supervivencia de la especie.
Piénsalo, ¡hijo de puta!: qué descanso.
Y muchos dirán: lo que tú buscas en un sentido a la vida, y eso sólo puede ser imaginado.
Pero no, es mucho peor.
Porque al fin y al cabo, yo sólo estoy poniendo aquí un montón de mierda para tratar de imaginar, aunque sea por un segundo, el sentido de mi vida imaginaria.
Porque ni imaginarlo podemos.
Y eso es lo que nos mata.
No hay comentarios:
Publicar un comentario