lunes, 13 de mayo de 2013

Con el tiempo se aprende, dicen. O se comprende. O se consigue olvidar para volver a aprender, como si de algún modo el tiempo nos cogiera cada mañana de la mano y nos acompañara tiernamente hasta la puerta del colegio. También dicen que el tiempo pone las cosas en orden, que te ayuda a contemplar tu paso por el mundo en perspectiva, al estilo de esos cuadros apaisados con escena de caza random que a veces presiden las salitas de estar de los jubilados. Y que uno puede ponerse a observar los trazos que va dejando el tiempo -digamos: en la piel- y encontrar al fin cierta serenidad, cierta sabiduría: una suerte de panorámica benévola y relativista de su propia vida.

Y en fin: que el tiempo se acaba convirtiendo en un poderoso aliado, un experimentado compañero de aventuras, un sabio maestro que te desvela con cariño y paciencia el verdadero significado de las cosas.

Y que lo cura todo.

Eso dicen también del tiempo.

En serio: la gente está completamente loca.

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