Pero llegará, llegará el día en que los científicos nos muestren por fin la combinación precisa de neurotransmisores, enzimas y movidas que da lugar a la felicidad. Y la humanidad se felicitará ante tamaño descubrimiento, despidiéndose definitivamente de tantos siglos de búsquedas infructuosas, intuiciones filosóficas, saltos al vacío. E intuyo que tan sólo hará falta reorganizar -unos más, otros menos- nuestra química personal para abrazar, de una vez y para siempre, la dicha y la alegría.
Sin margen de error, sin efectos secundarios, sin miedo.
No descarto que algún melancólico impenitente se niegue a aceptar semejante afrenta a su melancolía. Pero sólo al principio: la oferta será demasiado irresistible.
Y si no, lo matamos y ya está.
Sí, ese día llegará: ya casi lo anuncian los científicos moleculares.
Y créeme: será un día triste.
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