martes, 14 de mayo de 2013

Avanza veloz el conocimiento de la materia, progresa imparable la biología evolutiva, nos dicen que viviremos cien, doscientos, trescientos años; los implantes biónicos ya están ahí, son portada de revista: brazos rollo Robocop, piernas hidráulicas con las que desafiar al vacío, ojos que atraviesen las paredes, corazones que nunca dejen de latir; y acaso será posible desarrollar exponencialmente la inteligencia a través de conexiones frágiles, enlaces casi invisibles que florecerán nuevamente en nuestros cererebros; y ser bonito, joder, al fin ser bonito y poder elegir cada mañana, mientras te comes las tostadas, tu propia mirada inquisitiva, tu sonrisa social perfecta, unas manos delicadas, un abdomen renacentista a tono con el conjunto.

Todo esto ya está aquí, a la vuelta de la esquina.

Y por el increíble precio que aperece en pantalla.

Pero aún nadie nos dice qué clase de mierda tenemos en la cabeza, cuál es la estructura molecular de nuestra miseria.

Ni nos lo dirán.

No sé: yo creo que aún hay esperanza.

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